Este es el último artículo que he escrito para la revista del máster. “Piensa” ha llegado a su fin. De los nueve números que hemos hecho, subiré aquellas cosas (las mías claro) que valieran la pena.
Culpable
Josef Fritzl, apodado el “monstruo austriaco” por haber mantenido a su hija Elisabeth secuestrada en el sótano de su casa durante 24 años y haber abusado sexualmente de ella, no fue descubierto por sus mentiras (aseguraba que su hija estaba en una secta), ni por sospechas vecinales, ni por los gritos de los partos, ni siquiera al deshacerse del cuerpo de uno de los bebés en la caldera de la calefacción de la casa. El crimen de este electricista jubilado de 73 años salió a la luz cuando se vio forzado a llevar al hospital de Amstetten a la primera hija nacida fruto de las violaciones, Kerstin, de 18 años, por encontrarse ésta gravemente enferma. Los análisis médicos revelaron que Kerstin padecía una enfermedad genética poco frecuente en la población. Se confirmó que era estadísticamente más probable que la tuviera como consecuencia de una práctica endogámica que por puro azar. A partir de ese punto, sólo fue cuestión de ir tirando de la cuerda. Encontraron restos de ADN de Fritzl en la saliva con la que se habían sellado las cartas que Elisabeth supuestamente mandaba desde la secta y que él le obligaba a escribir. Y cuando toda la familia por fin acudió a la clínica, las pruebas de ADN revelaron que también era el progenitor de los otros cinco niños que había hecho pasar por sus nietos.
Cuando de salvar vidas se trata, los avances de la medicina, la genética y la biología molecular son evidentes. Pero los logros de estas ramas de la ciencia, y a veces parece olvidarse, también han contribuido de manera sustancial a la resolución de crímenes complejos. Han hecho avanzar a la investigación criminalista y judicial, permitiendo que la medicina forense saliera por fin de la trastienda y dejara de ser el patito feo del grupo.
En el principio de los tiempos, la identificación de los delincuentes debía resolverse por medio de características físicas. Se elaboraban fichas con medidas corporales, color de ojos y pelo y se contrastaba con fotografías, en el caso de que las hubiera. La estrategia del malhechor entonces era clara, disfrazarse y ocultar al máximo cualquier rasgo distintivo, como cicatrices o marcas de nacimiento. Más tarde llegaron las huellas dactilares, las acusaciones se hicieron más fiables y el ingenio tuvo que agudizarse. No tocar nada sin guantes se convirtió en la consigna oficial. Pero entonces aparecieron las pruebas de ADN y ocultar las pruebas del delito se convirtió en algo casi imposible. Y es que esta herramienta molecular se puede aplicar en muestras biológicas como el semen, la saliva y con suerte, en cabellos. Los resultados, además, son en muchos casos concluyentes, pues la secuencia genética de cada individuo es única –salvo para gemelos univitelinos- lo que ha valido para determinar paternidades, identificar a fallecidos y por supuesto, a los responsables de un delito.
La eficacia y fiabilidad de esta técnica generalizó su uso y permitió que saliera de los laboratorios de biología molecular y se incorporara a los de medicina forense. Lo que era más difícil de prever es que de ahí saltara a la pequeña pantalla. Y si hace unos años triunfaban las series de hospitales, ahora las que copan el horario de máxima audiencia son las de investigaciones criminales. Con una cierta licencia poética -en la realidad la profesión es evidentemente más compleja y tediosa- las han acercado de una forma atractiva al gran público. Si bien es cierto que un muchos casos pueden generar falsas expectativas, es innegable que han promovido la visibilidad y el interés por la ciencia forense.
El ser humano es capaz de cometer atrocidades más propias de la ficción que de la vida real. Pero también de averiguar, a base de mucho esfuerzo y sacrificio, y con menos glamour de lo que se cree, quien está detrás de cada una de ellas. La genética y la biología molecular aplicadas a la medicina forense sacan a la luz lo que otros tratan de ocultar. La evidencia científica no miente: culpable.